lunes, 3 de junio de 2013

Anexiones alemanas

Los nazis creían firmemente en la teoría del “espacio vital” (Lebensraum), creado por el geógrafo alemán  Ratzel, y que consistía en la anexión de territorios con el propósito de alcanzar el desarrollo de un país así como el retorno de territorios de habla alemana situados en otros Estados. De modo similar, Mussolini pregonaba la necesidad de una zona de influencia en el Mediterráneo para así poder recobrar el prestigio del antiguo Imperio romano. Los japoneses, por otro lado, sostenían que su “espacio vital” debía comprender las costas asiáticas, por lo que crearon el estado satélite de Manchukuo en territorio chino.
Esta ideología se sumó al programa económico del Eje (especialmente de Alemania) para reactivar la industria nacional mediante la fabricación de armamento a la vez que incrementara la producción de bienes de consumo mediante una reglamentación de las jornadas laborales y de los salarios. Contraviniendo abiertamente el Tratado de Versalles de 1919, Hitler ordenó el rearme y los gastos en material bélico se incrementaron de cuatro a dieciocho mil millones de marcos entre 1934 y 1938.
Con este soporte militar, Hitler comenzó su carrera expansionista con la Anschluss (incorporación de Austria) en 1938, donde realizó un plebiscito que legalizó la anexión. Siguiendo con su plan de conquista del “espacio vital”, demandó los Sudetes, un espacio checoslovaco habitado por tres millones de alemanes. Una vez ocupado el país checo, Hitler aumentó sus exigencias al corredor de Danzig, en territorio polaco. La negativa del gobierno polaco a ceder su soberanía y la firma del pacto de no agresión entre Rusia y Alemania el 24 de agosto de 1939 sellaron la suerte de Polonia, que sería invadida una semana después.

 

El “espacio vital” de acuerdo a Hitler
Ninguna nación de la tierra posee un solo metro cuadrado de territorio concedido por el cielo. Las fronteras se trazan y se modifican solo de acuerdo con la voluntad humana. El hecho de que una nación consiga adjudicarse un territorio que no le pertenecía no es ninguna razón para respetarla; prueba, sencillamente, el poder del vencedor y la debilidad de los perdedores. Este poder es la única cosa que da derecho a la posesión […].
Hitler, 1927.

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